
Hagamos un experimento.
Prueba a poner el tapón en tu lavabo, ahora, echa jabón en abundancia...
-Estoy esperando que lo hagas, no seas impaciente.
Abre el grifo, pon la temperatura que más te guste, deja el grifo abierto, y sigue leyendo.
-Estoy esperando que lo hagas, no tengas prisa.
Ahora, vuelve, cuando el agua esté casi rebosando.
¿Qué observas?
Sí, una gran capa de espuma cubre toda la superficie de arriba, no puedes ver el agua, así que, ¿hay agua ahí debajo?
-Ve a comprobarlo, y vuelve a seguir leyendo esto, te estoy esperando cálmate, hay tiempo.
En efecto, has introducido sin dudar la mano, porque sabías que había agua, pero, si no la veías, ¿por qué has confiado ciegamente en que estaba ahí?
Y, lo que había al fondo, ese agua, estaba a una temperatura perfecta, podría asegurar que no simplemente has metido la mano y corrido hacia acá de nuevo, podría apostar a que has permanecido ahí por unos minutos, disfrutándola.
Bien, ese jabón, esa capa de espuma, son los problemas, esos que no te hacen ver qué hay realmente debajo. Pero, al igual que en este pequeño experimento, ¿por qué no confías en lo que hay debajo?
Tú has construido esa base, al igual que tú has puesto el agua a llenar el lavabo, a la temperatura que deseas, y te sentías cómodo, cuando has visto que el jabón no es tan espeso, y deja que te abras paso hacia ese agua templada.
Este agua, nos arruga con el tiempo, nos hace viejos, como la vida misma. Ese jabón, al traspasarlo y mezclarlo con nuestra base, nos ha limpiado toda la mierda que teníamos.
Y, si tanto te gusta, ¿por qué sales?
La vida no es todo templado, a veces queremos salir, sentir el frío, y apreciar esa calidez, enfrentarnos a nosotros mismos, confiar en atravesar esa nueva capa de espuma, y volver a conseguirlo.
No olvides nunca, que, cuando el agua se enfría o está demasiado sucia, hay que vaciarla (vacía tu mente), y volver a rellenarla, tal y como te gusta.

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